Un diálogo con el lector sobre lo que es el yo, a fin de esclarecer y profundizar en qué es el ente humano.
Ediciones “Acción y Vida”, Caracas 1984, pp. 270, 20.5 x 14.5
Al lector
Este libro recoge los artículos que dominicalmente he venido publicando en Páginas Culturales de El Universal, de Caracas. El rótulo que englobó la serie de artículos, Conocer el Yo, lo conservo como título del libro. En más de una oportunidad los lectores me han preguntado si no pensaba publicar un libro con los temas que venía desarrollando en El Universal. Asimismo, los asistentes a las reuniones y seminarios en los que participo con mi esposa, me han manifestado el interés de tener todos los artículos reunidos en una forma más manuable. En estas páginas están reunidas las corrientes de la mística universal: taoísmo, budismo, presocráticos, hinduismo, judeo-cristianismo, islamismo, y de este siglo XX la enseñanza de Krishnamurti. Esa síntesis de la mística se ha hecho posible por obra de la aplicación de la tesis heideggeriana de la diferencia ontológica (la diferencia entre ente, nada y Ser) a las filosofías y religiones de la humanidad. Por lo demás, en lo que a mí respecta el compromiso existencial con el esclarecimiento de lo que es ente, nada y Ser en la vida corriente ha sido el centro de gravitación de mi vida. Desde 1978 el encuentro con el Mensaje a los hombres de la “Nueva Tierra” y con su instrumento, la señorita Josefina Chacían Ducharne, me ha permitido conocer más en lo concreto e inmediato el denominador común de la mística: que ser fieles a la nada que somos es el único camino que nos lleva al desencubrimiento del Ser en la cotidianidad.
Este libro está movido por un convencimiento radical, el cual es que el Ser, la Verdad, puede efectivamente ser el fundamento real de la vida. La Verdad, no es una cuestión teórica; sino, antes bien, algo eminentemente práctico, practicable; y que en principio, está al alcance de todos los seres humanos. Para que la Verdad se desencubra en el vivir corriente se requiere de una condición: que estemos dispuestos a morir a nosotros mismos, vale decir, que nos arriesguemos a perder la identificación con el yoego, a fin de darle paso a nuestra verdadera esencia, el Ser.
Hoy, en Venezuela, abundan grupos espirituales que propician las comunicaciones con entidades de lo invisible. Si el que participa en esos grupos es un individuo serio, habrá de preguntarse ¿En qué medida el encuentro con esas entidades me está realmente ayudando a acercarme a lo Trascendente; o, al contrario, me está llevando a lo diabólico, al reforzamiento de la identidad con el ente, a la identidad conmigo mismo? Como decíamos, si esas comunicaciones son para darte, para proveerte de buena salud, para brindarte bienestar físico, seguridad en ti mismo, sin lugar a dudas, son entidades de mala ley, aunque repitan en sus comunicaciones Libros y Textos Sagrados.
Pues, esos son los medios de que se valen las entidades negativas para retenerte identificado contigo mismo. En esto, insisto, hay que estar perfectamente claro: tener a Buda, Krishna, Jesucristo, como guías espirituales, es para que muramos a nosotros mismos, para que nos abandonemos íntegramente en manos de lo Trascendente.
Lo precedente puede servirnos, igualmente, para saber a qué atenernos frente a la multitud de pretendidos maestros que abundan en el mundo actual. Si ese pretendido maestro, centrara su enseñanza, y con su vida nos diera ejemplo de indigencia total, de completa negación propia, de tomar como único asidero a la nada, es evidente que sería auténtico y legítimo. En cambio, si a pesar de su lenguaje de negación de sí mismo, en el fondo y en los hechos lo que lo motiva y lo que despierta en los demás es el apego al ente, habría que dudar, por completo, de que él venga de parte de Dios, del Ser. Por lo general, estos falsos maestros se revisten con el lenguaje de Libros y Mensajes recibidos por auténticos Intermediarios e Instrumentos. Este encubrimiento de valerse de los Textos Sagrados hace verdaderamente peligrosos a estos mercaderes de lo sagrado.
El esclarecimiento a fondo de esta cuestión de la autenticidad de los maestros adquiere en el presente caracteres realmente dramáticos, por lo que hemos dicho de cómo hoy día estamos invadidos por profetas y gurús. Si el pretendido gurú auspicia el culto a su persona y la dependencia del aprendiz, entonces, es un falso maestro. El auténtico magisterio de un instructor o mensajero, es cuando éste se anula por completo a sí mismo, se vive como la real nada, a fin de que el Ser pueda fluir a través de él, y así cumplir su auténtica misión; despertar a los demás hombres. Da dolor ver cómo inmensas muchedumbres están atrapadas por estos mercaderes de lo sagrado. Es realmente triste y lamentable que personas, ingenuamente, caigan atrapadas por estos embaucadores, y de esa manera sean engañadas y frustradas en su verdadero anhelo por identificarse con lo Trascendente.
También en el primer artículo hemos expresado lo siguiente: “la realización alcanzada por Gotama, por Jesús, por Josefina, y por algunos otros hombres, aunque es un hecho excepcional y único, no obstante, está al alcance de todos. Esto nos quiere decir que todos y cada uno de los demás seres humanos podemos ser únicos y excepcionales”. Llegar a ser excepcionales no es realizar hazañas espectaculares, sino descubrir lo Extraordinario en los menudos detalles de la cotidianidad. En lo más insignificante está el Ser; en lo más bajo y degradado. (págs. 35 y 36)
Para resolver satisfactoriamente la crisis de soledad será preciso que aprendamos, vivencialmente, a descubrir las limitaciones definitivas del pensamiento racional en cuanto pretendido guía de la existencia. Este aprendizaje, como ya lo hemos dicho, y volveremos a decirlo insistentemente, es el esfuerzo mayor que debe realizar el hombre de hoy. Dada la importancia del asunto, ofrecemos de nuevo lo que en otras oportunidades hemos señalado como los límites definitivos del pensamiento. Estos límites los reducimos fundamentalmente a tres. Primero, el pensamiento nunca me comunica directamente con el ente; sino,que apenas me brinda una imagen de éste. Tengo en la cabeza la definición del agua, pero por mucho que exprima esa definición, no me quita la sed. Asimismo, el fuego que está en el concepto, no quema; ni la idea de abismo quiere decir que yo me hunda. Segundo, como una consecuencia de la limitación anterior, se presenta el carácter inservible del pensamiento para colocarme ante mí mismo y ante la rica gama de la interioridad del hombre. Esto nos dice que si utilizamos al pensamiento para comunicarnos con nosotros mismos y con lo que pasa dentro, lo que estaríamos haciendo es obstaculizando la posibilidad de desentrañar lo que realmente somos. Es esto lo que hemos expresado al sostener que el pensamiento es inservible para resolver los conflictos humanos. Tercero, la más profunda y grave limitación de que adolece el pensamiento es que no tiene nada que decir sobre el universo como totalidad, sobre la nada, sobre el alma, sobre Dios, el Ser. Es decir, es imposible que un ente humano alcance claridad sobre lo que es su vida si no ha encontrado una respuesta adecuada a las grandes incognitas de la existencia. Pues bien, si nos remitiéramos para tal fin a los poderes esclarecedores del pensamiento, nos quedaríamos en la estacada.
Volviendo al tema de la soledad existencial, ésta se hace angustiosa porque descubro que lo humano en sí, con sus poderes inherentes, carece de fundamentos propios. Cuando me encuentro con mi exclusiva humanidad a solas, caigo en el sin sentido, en lo absurdo, en lo insostenible. Para salir de esta soledad angustiosa no hay ningún camino específicamente humano. Sólo nos queda uno: aprender a trascender lo humano, poniéndonos en manos del Ser. (págs. 42, 43)